domingo, 26 de octubre de 2008

Viernes 24 de Octubre

Diario de a bordo:

Hoy no me apetece adornar sentimientos. Hoy no quiero enorgullecerme al leer lo que he escrito. Hoy sólo deseo dar rienda suelta a estas manos y ordenar mi archivador, porque he oído que todo este caos de ideas quiere sublevarse y no estoy por la labor de tener que correr detrás de ellas.

Una vez más en el aeropuerto de Barajas empieza mi cabeza a despegar. Cada vez que me encuentro en este lugar, me golpean mil pensamientos, pidiendo pista cada uno de ellos para que los deje volar… Al fin y al cabo, mi intento de profesional del control aéreo, me ayuda a ordenarlos para que no se estrellen todos al unísono en un intento desordenado de estampida molecular, porque esta vez, ni siquiera ellos desean quedarse en mi vida.

¿Qué fue de aquella niña con sonrisa de plata capaz de presumir de vida? Me he pasado tanto tiempo luchando contra/por tanta gente que me olvidé de luchar por mí. He olvidado lo que (quien) soy, y digo esto porque prefiero pensar así a pensar que sencillamente ya no soy lo que (quien) era antes. Hace un tiempo era capaz de darle la vuelta a todo. Y aquello que parecía imposible, se convertía una vez más en una meta recién cruzada…
He perdido fuerza.
He perdido ganas.
He perdido ilusión.
Y lo peor; he perdido la poca paciencia que tenía y la capacidad de sentarme bajo mi árbol a ver caer los frutos. Mis frutos.

He crecido rodeada de una gran familia (y no por numerosa, ni mucho menos, sino por espléndida), de un padre ante todo luchador, de una santa madre que me enseñó a sonreír, de un hermano que roza la perfección y de un novio (no siempre el mismo, evidentemente, pero un novio al fin y al cabo, con las mismas funciones cada uno), por lo que me acostumbré a ello y cuando no lo tengo, para mí es como si me faltase algo, una parte de algo que ha conformado mi vida durante tanto tiempo y ahora, 24 años después he decidido por fin, cambiarlo. Pero créanme, no es tan sencillo… Cuando una persona, y sobre todo una mujer, envuelve en caricias, besos y halagos su día a día, no es tarea fácil independizarse de lo que se convierte en necesidad. Sucede como cuando uno se acostumbra a tener hermanos. El día que ya no están, duele.

Siempre he pensado que en las relaciones de pareja, las cosas marchan casi solas. No hay que forzar nada. O más bien, no debemos forzar nada, porque al final de una relación forzada siempre hay un resto, un balance, positivo por exceso o negativo por defecto, que acabaremos pagando, y cuanto más tardemos en asumir que una relación no marcha bien, no funciona, que hay que parchear demasiados rincones para volver a ser únicos por las calles de Madrid, mayor será el tiempo que hay que emplear en recuperarse por ambas partes, mayor será el daño y mayor la congoja por quien pintó de colores 3 años de tu vida, porque no importa cuánto daño nos esté haciendo algo, a veces, dejarlo marchar nos duele más…




Puedo prometer y prometo que esta vez no pienso quedarme sólo en el intento.

1 comentario:

Estoicolgado dijo...

aunque no pare... con suerte lo conseguiremos a tiempo.

no entendí esto:
Cuando una persona, y sobre todo una mujer, envuelve en caricias[...], no es tarea fácil independizarse de lo que se convierte en necesidad.

Grande Randy