jueves, 20 de noviembre de 2008

A la orilla de tu chimenea

En algún momento, por algún motivo o señal parece que todo cambia. De repente los días de este otoño empiezan a amanecer radiantes de historias. Un sol cegador irrumpe las ventanas de mis ojos y besa mis pestañas. Perece que alguien me ha puesto los miedos patas abajo.

Sonrío…

Porque no puedes hacer otra cosa más que sonreírle al mundo por haber amanecido con estas ganas. Ganas que a mí, por un lado, me faltan para levantarme de la cama y ponerme en marcha. Hoy cierro mi cuerpo al mundo y pongo por fuera el cartel “de reformas, disculpe las molestias”, aunque realmente se esté desencadenando una batalla campal en mis adentros, y no reformas, y no sólo es mi mente la que lucha, creo que estoy tan acostumbrada a tener este tipo de conflictos que mi sistema inmune ha adoptado el mismo estado. Llevo unos días luchando contra un resfriado que me postra en la cama y me deja exhausta al pasar el día. Mejoraré pronto, porque como en la vida, al final, siempre sale todo bien (exceptuando las desgracias).

Canalizo mis miedos. Levanto la mirada del suelo y la fijo en el infinito. Mis ojos lagrimosos no me permiten ver más allá. Maldigo todas y cada una de las conjugaciones que hoy me recuerdan que a veces los fantasmas golpean pese a ser intangibles y casi transparentes. Sé, con certeza, que mañana mejoraré.


Siempre me gustaron más los días impares y aunque sé que hay sueños que hoy dejaron de buscarme, sigo desmontando cajones en un intento de fingir que estoy buscando algo importante. No tengo muy claro qué es lo que he perdido, pero sé que cuando lo encuentre lo sabré…

Y el tiempo ya no importa porque esta semana he aprendido que hay abrazos capaces de curarlo todo. Aunque sé que mis incertezas de plomo me asfixian el presente a ratos. Como a ratos recuerdo que sólo tengo que conceder tres deseos para olvidarlo todo y empezar a aprender de nuevo…

Aparece una sombra a lo lejos y prefiero divisarlo así, desde lejos. No quiero equivocarme ni quiero correr para mirarte a los ojos y reconocerme en tus pupilas ilusionada. Ya he visto esa mirada en otra esfera. La misma que me devolvió a donde me recogieron huérfana de esperanzas. Pero si algo he aprendido en esta vida es a levantarme, a veces de golpe, otras mientras me arrastraba. Y no reparo en el pasado, ahora dedico mis ilusiones, siendo el tuyo el primer nombre que escucho cuando despierto y el último que me repito cuando duermo.

No tengo prisa porque es la que suele ponerme la zancadilla cuando intento alzar el vuelo, pero no puedo evitar la hiperactividad de mis sueños y mi mente busca sin saber quién es… Hasta con los ojos cerrados, en cualquier parte del mundo, donde los sueños ya no lleven aquel nombre y los escalofríos sólo sepan esconderse detrás de mi nuca.

Porque siempre tuve esa capacidad innata de abrazar a contracorriente, sin que nadie nunca logre entender todo lo que mi corazón siente, porque no hay imperdible capaz de sostenerme si de puntillas esta noche no alcanzo a verte.

Y dejaremos afónicas las calles de Madris a nuestro paso, como el otro sábado, porque hablábamos sin voz, sólo con los ojos, formando eclipses al mirarnos.

Crea una tormenta de truenos y relámpagos, que esta noche me refugiare a la orilla de tu chimenea en tus brazos…

2 comentarios:

Biel dijo...

Me ha encantado chica!!! muy positivo, y has sabido expresar de maravilla, momentos qne que ha veces es dificil explicar. Estoy orgulloso de tu literatura! me haces asentar muchas ideas que tengo en mente. Es una pena que no tertuliemos más, sería totalmente un honor y un disfrute! Te deseo muy buen fin de semana.

Helena de Troya dijo...

Muchas gracias Biel! Me encanta volver y ver tus opiniones. Sé que no tertuliamos demasiado y deberíamos! pero también sé que entre todas las conversaciones que acontencen alrededor cuando tú y yo hablamos, sabemos leernos entre líneas. Eso es maravilloso en un amigo. Gracias por eso también.
Muack