Regresan los mejores días del año y aún no es primavera. He dejado de creer en el destino, aunque fuese por un tiempo. El mismo que llevo hibernando.
Llevo unos meses de altibajos. De manera caprichosa me aferraba a cualquier madeja de sentimientos para hacerlos míos, sentirlos dentro y olvidarme así de los recuerdos.
Qué paradoja, verdad? Los recuerdos tienen precisamente ese nombre porque somos incapaces de deshacernos de ellos. Nos persiguen, sobre todo de noche, como nuestras sombras, siempre detrás cuando somos lo suficientemente valientes como para viajar en dirección a la luz, y a veces delante, cuando damos la espalda a la verdad. ¿No te has dado cuenta que en ese momento nuestra sombra crece? Exactamente igual le pasa a nuestros recuerdos, nuestros fantasmas tejidos a los pies...
Este hastío invierno me ha cementado al suelo las ilusiones y el pasado.
Y no hay fantasma que me siga esta noche si acompañas tú mis pasos. Te sigo al lugar donde duermen las hadas como vuelva a ver esa sonrisa en tus labios. Vivo el final de este invierno con el corazón de verano.
Apareces y me deshago.
Y gasto mis pestañas de tanto contemplarte.
Y estaría así horas, escudriñándote con pupilas de colores para conocerte sin que te des cuenta, más aún... porque conozco cada rincón de tu palacio en ruinas, porque sueño con colgarme el mono blanco y arreglarte todos los desperfectos del pasado, porque suspiro al alba cuando empieza el día y es con tu sonrisa a mi lado, porque se eriza mi coraza entera cuando te descubro mirándome.
Corazón de tiza... Tiza que se deshace entre mis manos...
Deshecho que mancha lo que roza...
Invasión de sentido.
Falta de sueño.
Horas de música.
Hoy mi corazón se vuelve de tiza... sin pizarra donde desgastar miedos, sueños y verdades...
Yo, que voy, que estoy, al límite de ser cuando no soy; me agarro por los pies y solo quiero repetirme: ven, entiéndeme y no sueltes mi mano...
lunes, 9 de marzo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario